El Barrio, de mano de una voz que ya no está

Artículo publicado en La Guía Magazine, edición Abril de 2010

Escojo para contar de una mancha de tierra con una voz recia otra voz que ya no está, que ya no existe. No era una voz famosa, era una voz como lo podrían ser la tuya o la mía.

Se llamaba Adan González, alias el mexicano, y amaneció recientemente apuñalado con un cuchillo de cocina en el cruce de la 115 y la 2ª Avenida en East Harlem, también llamado El Barrio o Spanish Harlem. El retazo noreste de Manhattan, en Nueva York; la barbilla del Bronx, la oreja izquierda y espía de Queens.

Los días tras el asesinato de González, quien tenía 28 años, fueron una ventana al que imagino fuera El Barrio de antaño. La comunidad estaba en la calle, las preguntas eran indiscretas, la inseguridad se anudaba en los gaznates a modo de pasmina de insuficiente grosor en un invierno desprevenido. Se contaban cuentos de envidia, se derrochaba resquemor, se daban abrazos y se intercambiaban explicaciones.

“Adan podría ser cualquiera de nosotros volviendo a casa”, afirmó Clark Peña, político y activista comunitario amén de amigo del fallecido. No estaba metido en drogas ni en pandillas. No tenía enemigos (reconocidos), salvo quizá algún fanfarrón que le miraba con malos ojos por bailar salsa con destreza y encandilar a mujeres con atino. El policía a cargo del caso, Rubén Henríquez, dice que es uno de los crímenes más desalmados que ha visto en estas calles –calles que ha peinado durante casi 20 años, calles donde antiguamente se derramaba mucha sangre (cuando Manhattan, y especialmente Harlem, eran lugares peligrosos).

Los balazos y los cuchillazos se fueron a medida que Bloomberg daba órdenes militares a un cuerpo policial modelo para el país. A El Barrio además le llegaron los blanquitos, como explica Esther, una peluquera dominicana de la calle Lexington con el chiringuito vacío por la bofetada de la crisis económica. A medida que Manhattan se encarece los blancos con plata se mudan al norte destripando la etnicidad de barrios como éste, tradicionalmente hogar casi exclusivo de la diáspora puertorriqueña. Este fenómeno está desalojando a muchos que han vivido aquí toda una vida, ya que no pocos caseros empiezan a requerir cierto nivel adquisitivo a sus inquilinos. O aún peor, cierto color de piel, como me explica una portavoz de la asociación comunitaria Movimiento por Justicia del Barrio.

González vivía en la ciento y pico, en un edificio alto de “los proyectos”, como se llama a las viviendas semi-financiadas por la ciudad a familias de bajos ingresos. Su mejor amiga, Tanisha, vive en el edificio de enfrente, donde el sol se refleja caprichoso en los ladrillos en una mañana de invierno y de luto. Tanisha acepta una entrevista pocos días después del asesinato, para la que camino a petición suya desde su edificio hacia East Harlem Café en la 104 –una de esas cafeterías modernas donde estudiantes blancos de buen parecer hacen sus deberes con Macs.

Ella es negra. Ella no llora. Me cuesta entender su serenidad a medida que pelo mi cuaderno de las preguntas que imagino difíciles en momentos de dolor. Sé que Adan sonreía mucho y era positivo hasta lo imposible, pero no entiendo la reconstrucción del día del entierro hasta que nos despedimos un par de horas más tarde y ella añade que la canción preferida de su amigo era “Todo tiene su final”, de las estrellas de la salsa Héctor Lavoe y Willie Colón.

Mientras atardece y el viento sopla canino camino hacia la 115, donde en el cruce con la 1ª Avenida está Orbit, el bar-restaurante donde González bailó la última noche de su vida. Hoy luce una bandera mexicana grande, pequeños posters con una foto, un “órale” que él esgrimía a menudo y letras grandes que piden justicia. Aquel día la banda Johny Mambo tocaba, como cada viernes. Aquel día antes de marcharse a las 03:55 a.m., González le dijo a su amiga y camarera Yvette Cruz que la amaba hasta la muerte.

Nadie sabe exactamente qué pasó después, salvo que él nunca llegó a poner su rutinario mensaje de ánimo en Facebook la siguiente mañana.

El día del entierro Tanisha y otros ocho amigos alquilaron una limusina, se emborracharon con champán, hicieron bromas y rieron a destajo. Acabaron la noche en Patsy´s, en la 116, donde los trozos de pizza con queso no les supieron igual que siempre.

“Él nunca quería que nadie estuviese triste, esto es lo que le hubiera gustado”, me explica Tanisha. “Sé que él no querría que estuviéramos deprimidos”, dice el que era su jefe en el hospital presbiteriano de Columbia.

En un barrio de murales que cuentan testamentos, rifirrafes urbanísticos, botánicas que curan penas y poetas como Willie Perdomo, cuyos versos comparten las palabras amor y sangre, otro muchacho joven ha muerto a manos de la calle. Colón y Lavoe, descubriré más tarde, cantan en la que era la canción favorita de Adan González la irónica frase “no lloren en mi velorio”.

~ by travelandramble on April 5, 2010.

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